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Jonás – el profeta que no debería existir  
(1ª parte)

Autor: Samuel Rindlisbacher

  El autor se pregunta: ¿qué tiene que ver la profecía con el evangelio? La palabra profética, ¿tiene relevancia en relación con las buenas nuevas? ¡Veamos cuales son las respuestas, basadas en la Palabra de Dios!



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PE1901 - Estudio Bíblico  
-  Jonás – el profeta que no debería existir (1ª Parte)


Amigos! ¿Cómo están? ¡Qué gusto estar otra vez con ustedes! En Juan 7:52, leemos: “Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta”. La gran pregunta que preocupaba al pueblo judío, en tiempos de Jesús, era aquella concerniente a la persona y al poder de Jesucristo. Él hizo muchas señales y milagros: sanó enfermos, resucitó muertos, sació a miles de personas con pan y pescado. Caminó sobre el agua, calmó la tormenta y echó fuera demonios. Ésas eran claras señales de que Él era el Mesías.

Por consiguiente se despertó entre el pueblo, en forma justificada, la pregunta: ¿Podría Jesucristo ser el Salvador prometido? ¿Sería Él el anunciado por los profetas desde hacía tanto tiempo atrás? Estos rumores que se esparcían entre el pueblo, se ven reflejados en Juan 7:40 al 53:

“Entonces algunos de la multitud, oyendo estas palabras, decían: Verdaderamente éste es el profeta. Otros decían: Éste es el Cristo. Pero algunos decían: ¿De Galilea ha de venir el Cristo? ¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo? Hubo entonces disensión entre la gente a causa de él. Y algunos de ellos querían prenderle; pero ninguno le echó mano. Los alguaciles vinieron a los principales sacerdotes y a los fariseos; y éstos les dijeron: ¿Por qué no le habéis traído? Los alguaciles respondieron: ¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre! Entonces los fariseos les respondieron: ¿También vosotros habéis sido engañados? ¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos? Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es. Les dijo Nicodemo, el que vino a él de noche, el cual era uno de ellos: ¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho? Respondieron y le dijeron: ¿Eres tú también galileo? Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta. Cada uno se fue a su casa.”

A pesar de la innegable evidencia y de los claros indicios, el clero de aquel momento zanjó la cuestión referente al Mesías con una sola frase: “Escudriña y ve que de Galilea nunca se ha levantado profeta.” De esta manera, la sincera búsqueda de muchas personas fue hecha a un lado, así sin más, por este grupo de personas. Todo eso porque Jesús no les convenía, no compartía su concepto de verdad, y porque ellos, al mismo tiempo, estaban en peligro de perder su legitimidad como representantes del antiguo pacto, o sea, su ocupación. Éstas fueron, probablemente, las razones por las que se volvió la atención, así sin más, a los asuntos corrientes de cada día, dejando de lado la cuestión de Jesús como Mesías.

Para hacerlo, incluso, se refugiaron en la mentira: “¡De Galilea nunca se ha levantado profeta!” Los escribas, que conocían muy bien la Biblia, estaban familiarizados con el libro de Jonás. Sabían que en 2 R. 14:23 al 25, está escrito: “El año quince de Amasías hijo de Joás rey de Judá, comenzó a reinar Jeroboam (Jeroboam II, aprox. 793-758 a.C.) hijo de Joás sobre Israel en Samaria; y reinó cuarenta y un años. E hizo lo malo ante los ojos de Jehová, y no se apartó de todos los pecados de Jeroboam hijo de Nabat, el que hizo pecar a Israel. El restauró los límites de Israel desde la entrada de Hamat hasta el mar del Arabá, conforme a la palabra de Jehová Dios de Israel, la cual él había hablado por su siervo Jonás hijo de Amitai, profeta que fue de Gat-hefer”. Así que, con esto, ellos estaban negando concientemente a su propio profeta – Jonás. Acerca de este profeta, leemos en Jonás 1:1 y 2: “Vino palabra de Jehová a Jonás hijo de Amitai, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha subido su maldad delante de mí”. La historia del profeta Jonás es bastante conocida, a través del impresionante relato del gran pez que lo tragó. Jonás provenía de Gat-Hefer, una pequeña aldea en Galilea, muy cerca de Nazaret. Vivió y profetizó alrededor de 750 años antes de Cristo.

Quienes critican la Biblia desechan el libro de Jonás, relegándolo al mundo de la fantasía religiosa. Esto sucede porque se promueve la falsedad de los acontecimientos contenidos en dicho libro, o del uso de dichas narraciones como figuras para transmitir ciertas verdades. Otros, a su vez, dicen que los acontecimientos narrados son puras fantasías, surgidas de la pluma de algún genio literario, o antiguas leyendas trasmitidas, parecidas al Wilhelm Tell de Schiller o a Robin Hood, la figura legendaria inglesa.

Lo que es interesante, es la postura de Jesús hacia la persona y el libro del profeta Jonás. Para Él, Jonás era una persona real e histórica, y su libro, Palabra de Dios. Jesucristo, quien creó las leyes de la naturaleza, y sostiene el universo entero, sencillamente tomó a Jonás y su historia como un hecho.

Él, incluso, citó a Jonás frente a la gente que lo rechazó, lo persiguió y, finalmente, lo desechó: “La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches. Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar. La reina del Sur se levantará en el juicio con esta generación, y la condenará; porque ella vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que Salomón en este lugar” (así dice en Mt. 12:39 al 42). Evidentemente, Jesús partía de la base de que Sus adversarios conocían la verdad, pero no la querían tener en cuenta. Ellos, más bien, dispusieron sus oídos y corazones para no oír, y actuaron como si nunca antes hubieran escuchado algo de Jonás. O, según sus declaraciones, como si jamás hubiera existido: “¡De Galilea nunca se ha levantado profeta!” De esta manera, a pesar de que sabían de Jonás, dejaban esto de lado, y se refugiaban en la mentira. Entonces: “Cada uno se fue a su casa.”

Jonás tenía un mensaje que proclamar que a muchos no les venía bien. ¿También a los asirios había que predicarles la Palabra de Dios? ¿Tampoco ellos serían excluidos de la gracia de Dios? Imposible para muchos. Después de todo, los asirios eran conocidos por su impiedad y su carácter sanguinario. Además, ellos eran un constante y potencial peligro militar para Israel. ¿Y ahora le debían predicar la salvación de Dios a esa gente? No, ¡eso era demasiado!

A un profeta de este tipo, que predicaba la salvación de Dios a gente así, solo se le podía hacer una cosa: Tacharlo de los memorias y negar su existencia. La conclusión trágica, entonces, es: ¿Un profeta de nombre Jonás, hombre de Galilea? ¡Jamás ha existido!

La élite religiosa del momento lo tenía claro: Dios los había escogido a ellos. ¿No era Israel el pueblo elegido? ¿No les había puesto Dios a ellos como luz para los impíos? ¿No moraba Dios en Su santuario en Jerusalén? Todas esas bendiciones, sin embargo, sedujeron a Israel, y lo llevaron al orgullo, a un pensamiento elitista y a una vanidad espiritual. Eso fue lo que, en definitiva, no les permitió percibir su misión divina frente a los impíos. Ya que en Is. 49:6, a través del profeta, Dios les había dicho: “Te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra”.

 



Enlaces Relacionados
Jonás – el profeta que no debería existir (2ª Parte)
Jonás – el profeta que no debería existir (3ª Parte)


 
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