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El tribunal de Cristo – Un tribunal de recompensas  
(1ª parte)

Autor: Thomas Lieth

    2ª Co. 5:10 nos habla de un futuro tribunal ante el cual un día todos los hijos de Dios debemos comparecer. Pero, ¿de qué se trata este tribunal de recompensas? ¿Cómo debemos imaginarlo?



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PE1865 - Estudio Bíblico  
El tribunal de Cristo – Un tribunal de recompensas (1ª Parte)


Hola amigos! ¿Cómo están? Como ya se dijo, el tema del programa es: El Tribunal de Cristo - Un tribunal de recompensas. En 2 Corintios 5:10, leemos: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo”.

En el caso de los destinatarios de la segunda carta a los corintios se trataba de hijos de Dios, personas nacidas de nuevo que un día estarían con el Señor. Y aún así, en Segunda Corintios 5:10 se habla de un futuro tribunal. “Porque es necesario que todos nosotros”, dice allí, tengamos que comparecer “ante el tribunal de Cristo”. El apóstol Pablo, expresamente, se incluye a sí mismo al decir “nosotros”. A primera vista, pareciera haber una contradicción con respecto a Juan 5:24, donde dice: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.” Esto, sin embargo, sólo es una contradicción si uno no tiene en cuenta que existen diferentes tribunales. En su carta a los creyentes en Corinto, Pablo menciona un tribunal totalmente diferente al que Jesús menciona en el evangelio de Juan. 

También nosotros, los cristianos, un día tendremos que responder ante un tribunal. Allí, sin embargo, se tratará exclusivamente de nuestro galardón, y no del juicio por nuestra culpa. ¡Nuestra culpa ha sido expiada a través de la preciosa sangre del Señor Jesucristo que Él vertió por nosotros en la cruz del Gólgota, y eso es definitivo! “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados… Y nunca más me acordaré de sus pecados y transgresiones” (He. 10:14,17). En Colosenses 2:13 al 15 habla además de que el Señor anuló nuestra acta de culpa y que Él ha triunfado sobre el pecado y sobre la muerte. Y en otro pasaje dice, que nosotros tenemos parte en la victoria. “Mas a Dios gracias, el cual nos lleva siempre en triunfo en Cristo Jesús…” (nos dice 2 Co. 2:14). ¿Qué triunfo sería éste, si un cristiano pudiera perderse? ¿Qué victoria sería ésta, si el Dios todopoderoso, quien no escatimó a su propio Hijo, permitiera que Satanás le arrancara a Su hijos escogidos y redimidos? No, eso no sería un triunfo. Nosotros, sin embargo, somos vencedores por medio de Él, ya desde ahora. Pues como dice 1 Co. 15:57: “Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

Nuestra culpa ha sido expiada una vez y para siempre, nuestros pecados ya no son recordados. El acta de culpa, no ha sido simplemente puesta a un lado, ha sido destruida. ¡Eso es perdón completo! Ya no hay nada ni nadie que pueda acusar a los que somos hijos redimidos de Dios. Por esa razón, en lo que concierne a esto ya no necesitamos comparecer ante un tribunal: “El que en él cree, no es condenado…” (Jn. 3:18).

¿De qué trata el tribunal de recompensas? ¿Cómo lo podemos imaginar? Por supuesto que toda comparación queda corta, pero quisiera compararlo con el otorgamiento de un Oscar. Los que han sido invitados para esa ocasión, no son personas menospreciadas o insultadas, sino que pueden participar de una gran fiesta como huéspedes escogidos y privilegiados. Y muchos de ellos son elogiados, y condecorados con un Oscar. Reciben ramos de flores, besos en la mejilla, uno después del otro. Pero no todos reciben un premio. Por supuesto, algunos pueden estar desilusionados por no haber recibido un Oscar mientras que otros sí lo hicieron. Pero, en realidad, incluso aquel que solamente puede disfrutar del buffet, se alegra de la invitación. ¡Estar allí es lo más importante! En definitiva es algo lindo para todos, aun cuando haya diferentes premios y condecoraciones.

  Segunda Corintios 5:10 dice que “cada uno recibe según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo.” De modo que se trata de nuestras obras y, entonces, surge la pregunta: ¿Cómo hemos administrado los dones que nos han sido confiados? ¿Qué frutos hemos cosechado como siervos de Dios, o qué semilla hemos sembrado? Esas cosas serán reveladas en el tribunal de recompensas, y según eso recibiremos nuestro galardón. El cristiano es llamado a dar fruto, y a no contentarse solamente con su propia salvación, sino a servir al Señor con buenas obras y a causarle gozo a Él. Ésa es nuestra tarea: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (como nos dice Ef. 2:10). ¿Pero qué son buenas obras? Son actos y palabras que contribuyen a que el nombre de Dios sea glorificado. Mt. 5:16 dice: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”. ¿Lo hemos comprendido bien? Toda palabra que contribuye a este fin, y toda obra que aporta a que el nombre de Dios sea alabado y glorificado es una buena obra.

El criminal en la cruz no tuvo realmente la oportunidad de hacer el bien como hijo de Dios, pero ya su confesión, la cual leemos en Lucas 23:41: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo”, fue una buena obra, porque con ella el nombre del Señor Jesús fue glorificado. Si yo, como predicador por ejemplo, transmito la Palabra y al terminar el culto la congregación llega a la conclusión de que soy un orador fabuloso, entonces puedo estar seguro de que mi charla no fue una buena obra, ya que obviamente los he distraído de lo esencial en vez de señalarlo a Él. Pero si los oyentes llegan a la conclusión: “¡Tenemos un gran Dios, un maravilloso Salvador; glorificado sea el Señor Jesús!”, entonces el mensaje fue una buena obra.

¿Cuál es el objetivo de las obras que usted realiza? ¿Se trata de agradar a la gente, de quedar bien uno mismo, o se trata de magnificar el maravilloso nombre del Señor Jesús? Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de aportar a la gloria de nuestro grande y todopoderoso Dios con los dones que nos son confiados. Todo esto no se trata tanto de cuánto ha hecho cada uno, sino con qué dedicación y con qué fidelidad ha cumplido con su servicio.

“Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel” (nos dice 1 Co. 4:2). Dios ni siquiera espera de nosotros grandes hechos, heroicos y extraordinarios. Él espera nuestra sincera fidelidad – no más, pero tampoco menos. Una cosa debemos recordar con respecto a esto: El Señor conoce nuestro corazón, a Él no le podemos mentir en nada. ¡Con qué facilidad decimos: “Todo para el Señor, todo para la gloria de Dios”, mientras que nuestro corazón habla un lenguaje diferente!

En el tribunal de recompensas, entonces, no se evaluará nuestro logro como actor, sino nuestra sincera fidelidad. Todo lo que un cristiano posee en la vida son dádivas recibidas de Dios. Y cuanto más nos ha sido confiado, de tanto más tendremos que rendir cuentas.

La medida para determinarlo no es cuánto nos hemos hecho querer por la gente con nuestros dones, cuánto ellos nos aprecian, elogian, palmean el hombro, sino si hemos puestos nuestros dones a disposición del Señor con corazones sinceros.

¿Tiene usted el don del hablar? ¡Entonces no vaya dar una charla cómica, de entretenimiento, que haga que todos en la sala se doblen de la risa, sino proclame al Señor Jesucristo resucitado! ¿Tiene usted el don de escribir? ¡Entonces, por favor, no escriba largos ensayos filosóficos – que de todos modos no sirven de nada -, sino escriba para el Señor! ¿Tiene usted el don de dar? Entonces no tire su dinero en una máquina o en pozos de la suerte, ¡sino delo para el Señor! ¿Tiene usted el don de servir? Entonces no sirva en organizaciones mundanas – “Dejen que los muertos entierren a sus muertos” -, sino sirva al Señor. 

¿Tiene usted manos rápidas y diestras? ¡Entonces no construya una casa sobre la arena, sino sobre la roca que se llama Jesucristo! Seguramente, no existe ninguna iglesia ni obra misionera que no se alegre y agradezca por toda ayuda que se le pueda brindar, sea en la forma que sea. Entre nosotros, los cristianos, hay muchas capacidades que están enterradas, sin ser aprovechadas, porque nos hemos vuelto apáticos y, a veces, ya no tenemos ánimo para servir.



Enlaces Relacionados
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