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La mujer, ¿realmente debe someterse a su marido?


¿Será que en nuestros días siquiera es imaginable que una mujer pueda someterse a su marido? ¿Y qué sucede en el caso de que él ni siquiera sea creyente?

Samuel Rindlisbacher


El universo entero es sujetado por las leyes de la naturaleza. Sin las mismas, todo sucumbiría en el caos, y la vida no sería posible. Ahora, la Biblia nos dice que Dios es el Creador de este universo y que, por consiguiente, también ha fijado las leyes de la naturaleza, garantizando así el funcionamiento de las mismas: “Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo; cuando afirmaba los cielos arriba, cuando afirmaba las fuentes del abismo; cuando ponía al mar su estatuto, para que las aguas no traspasasen su mandamiento; cuando establecía los fundamentos de la tierra, con él estaba yo ordenándolo todo, y era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo” (Pr. 8:27-30). “¿Podrás tú atar los lazos de las Pléyades, o desatarás las ligaduras de Orión? ¿Sacarás tú a su tiempo las constelaciones de los cielos, o guiarás a la Osa Mayor con sus hijos? ¿Supiste tú las ordenanzas de los cielos? ¿Dispondrás tú de su potestad en la tierra?” (Job 38:31-33). Estas ordenanzas fijadas por Dios, garantizan el funcionamiento sin roces del universo.

Con la misma intención, aunque en un espacio más pequeño, Dios dio Sus mandamientos y ordenanzas a nosotros, los seres humanos. Cuando uno se dispone a cumplirlas, ellas posibilitan una vida armónica en relación con los demás. Ya sea en la relación entre esposo y esposa, entre padres e hijos, o también entre los diversos gobiernos con sus pueblos. Las ordenanzas, decretos y reglas de Dios, fueron dados para proteger, para guardar, y para servir para el bien común. Son una glorificación de Aquél que creó esas ordenanzas.

Sometimiento, significa ponerse bajo el mando de alguien. Eso no tiene nada que ver con discriminación. Más bien está pensado para garantizar un cierto mecanismo, un mecanismo que se asemeja a los engranajes que trabajan juntos. Si se mantiene ese orden, se produce una armonía parecida al funcionamiento preciso del mecanismo de un reloj. Dios espera de nosotros que nos atengamos a Sus ordenanzas. Cuando lo hacemos, nosotros mismos, al igual que nuestro entorno, seremos los bendecidos. Sí, el resultado de cuando uno se atiene a las reglas de Dios es Su bendición y Su paz en el corazón.

Parte del plan divino de ordenanzas es también es el principio del sometimiento. Vemos, en Sus propias palabras, por ejemplo, como Jesús se sometía a Su Padre: “De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Jn. 5:19). Así como Jesús se sometía al Padre, también los miembros de la iglesia deben someterse a los ancianos (según la Biblia, sólo los hombres). En la familia, las esposas deben someterse a sus maridos, y los hijos a sus padres.

Estos principios divinos nos han sido dados por Dios para nuestro bien. Si los tenemos en cuenta, funcionará el matrimonio, marcharán las cosas en la familia, y también en la iglesia. Y esto, porque corresponden a las ideas de su inventor, es decir de Dios. Es como con una computadora equipada con los programas determinados para ella. Sólo si ése es el caso, la computadora funciona óptimamente y puede dar lo mejor de sí. Del mismo modo, los lineamientos y las ordenanzas de Dios no nos han sido dados como limitación, sino para optimizar nuestras vidas y para el mejor funcionamiento posible, en el conjunto de las relaciones interpersonales.

Acerca de esto, la Biblia dice así: “Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten. Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Col. 3:18-23).

En la carta a los efesios, Pablo escribe: “Someteos unos a otros en el temor de Dios. Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella… Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama.

Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia” (Ef. 5:21-25; 28-29). El apóstol Pedro, complementa esto diciendo: “Porque así también se ataviaban en otro tiempo aquellas santas mujeres que esperaban en Dios, estando sujetas a sus maridos; como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza. Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1 P. 3:5-7).

En todo esto, vale la regla de oro que dice: “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Ef. 5:21). O, como lo dice también el Señor Jesús: “Si alguno quiere ser el primero, será el postrero de todos, y el servidor de todos” (Mr. 9:35). Esos principios debemos ponerlos en práctica en nuestra vida diaria. Así, los miembros de la iglesia se someten a sus ancianos, mientras que éstos se encuentren delante de Dios con gran responsabilidad. En la familia, el esposo se somete primero a Cristo. La esposa es llamada a someterse a su marido, los hijos a, su vez, a sus padres. En la sociedad, los gobiernos son instituidos por Dios (Ro. 13) y deben gobernar siendo responsables hacia Él, mientras el pueblo se somete a ellos y debe orar por ellos.

¡Si leemos atentamente los pasajes bíblicos citados, notaremos que la Biblia exige más del comportamiento del esposo que del de la esposa! El esposo es llamado a amar a su esposa, a tratarla con abnegación, respeto y aprecio, y no tratarla ni bruscamente ni con reproches. El comportamiento del esposo, más bien, debe ser como el de Cristo hacia Su iglesia.

El sometimiento tampoco tiene que ver con servilismo, ni con obediencia ciega tipo zombi. No, sino que es un ponerse voluntariamente bajo el cónyuge. Eso, sin embargo, sólo puede ser logrado cuando ni la esposa ni el esposo son para el otro solamente un medio para alcanzar sus objetivos. No deben usarse uno al otro para alcanzar algún objetivo egoísta, ni ser instrumento para alcanzar sus propios intereses.

Si la esposa recibe el amor de su marido de esa manera, no le será difícil la responsabilidad de someterse a él y de hacer el bien. Y el esposo, también, cuando su esposa lo trata de la manera arriba descrita, con gusto tomará la responsabilidad de llevar adelante su matrimonio y su familia como a Dios le agrada.

¿Y si el cónyuge no es creyente? También aquí nosotros, los cristianos, somos llamados a vivir según las reglas bíblicas. Los esposos deben amar a sus esposas no creyentes de la manera arriba descrita: con abnegación, respeto, valoración, no con brusquedad ni reproches. También las esposas creyentes deben tratar a sus maridos inconversos en la manera que hemos leído: “Asimismo vosotras, mujeres, estad sujetas a vuestros maridos; para que también los que no creen a la palabra, sean ganados sin palabra por la conducta de sus esposas, considerando vuestra conducta casta y respetuosa. Vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón, en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios” (1 P. 3:1-4).

En todo esto, la palabra clave siempre es el amor. Se trata de valorar, respetar y complacer al otro.

 




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"Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles."

Romanos 8:26


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