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Dios habla – pero ¿cómo?

(1ª parte)

Autor: Thomas Lieth

En cierta ocasión, un escéptico de la fe le preguntó al pastor del pueblo: “Señor pastor, cuando usted ora está hablando de un lado de la línea telefónica, sin saber siquiera si del otro lado alguien ha levantado el tubo” – “No, no”, respondió el pastor, “usted está equivocado. ¡Yo hablo porque antes sonó de mi lado!” Dios habla – pero ¿cómo? Es lo que vamos a ver en este mensaje.


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PE1520- Estudio Bíblico - Dios habla – pero ¿cómo? (1ª parte)


Estimados oyentes, el tema de hoy es: Dios habla – pero ¿cómo? Vamos a intentar responder esta interrogante.

Veamos nuevamente la anécdota que se mencionó en la introducción: En cierta ocasión, un escéptico de la fe le preguntó al pastor del pueblo: “Señor pastor, cuando usted ora está hablando de un lado de la línea telefónica, sin saber siquiera si del otro lado alguien ha levantado el tubo” – “No, no”, responde el pastor, “usted está equivocado. ¡Yo hablo porque antes sonó de mi lado!”

Es verdad: Dios habla.

Isaías 1:2 dice: “Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová…” Desde que existe el hombre, Dios no ha permanecido oculto, sino que se ha revelado de múltiples formas y maneras. Inmediatamente después de la creación del primer hombre, Dios se le dio a conocer. “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: …” (o sea: habló con ellos. Esto lo leemos en Génesis 1:27 y 28). Dios quiere tener comunión con el hombre. No es un Dios anónimo, indiferente o superficial, no es un Dios caprichoso, y mucho menos un Dios muerto, sino un Dios personal, amoroso y santo. Este Dios nos habla desde tiempos inmemoriales. Sí, Dios habla. ¿Pero cómo?

Hebreos 1:1 al 3 dice: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas”.

Dios habla en el Antiguo Testamento.

La carta a los Hebreos está dirigida a los judíos que habían llegado a la fe viva en el Señor Jesucristo. En virtud de su trasfondo, el escritor de la carta a los Hebreos, inspirado por Dios, se remite una y otra vez al Antiguo Testamento, para demostrar que Jesucristo es el cumplimiento del antiguo pacto. La carta a los Hebreos comienza con el hecho de que Dios le habla a los hombres. “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas…” Al decir “a los padres”, se refiere a los patriarcas y a los israelitas en general del tiempo del Antiguo Testamento.

Dios habla por los profetas.

Dios ha hablado a su pueblo por medio de los distintos profetas – hasta llegar a Juan el Bautista, el último profeta antes de la aparición del Hijo de Dios, Jesucristo. Los dos pasajes que vamos a mencionar a continuación, son representativos de muchos profetas y discursos de Dios: Oseas 12:10 dice: “Y he hablado a los profetas, y aumenté la profecía, y por medio de los profetas usé parábolas”. Y en Esdras 9:10 y 11 leemos: “Pero ahora, ¿qué diremos, oh Dios nuestro, después de esto? Porque nosotros hemos dejado tus mandamientos, que prescribiste por medio de tus siervos los profetas, diciendo:…” Es claro que Dios hablaba por los profetas. También Moisés y David son vistos como profetas. Así lo dice Deuteronomio 34:10: “Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés…” Y en Hechos 2:30, se dice del Rey David: “Pero siendo profeta…”.

Veamos como: Dios habla a los gentiles.

La carta a los Hebreos no se ocupa de lo que Dios habló a los gentiles en el Antiguo Testamento, aunque Dios no los había dejado sin testimonio. Por un lado, los israelitas tenían que testificar de Dios a los gentiles, y por otro lado, Dios habló y habla por medio de la creación, los poderes de la naturaleza, las catástrofes y los sueños, así como también por los milagros y las señales. Pensemos en el capitán del ejército sirio Naamán, a quien Dios le habló por medio del testimonio de una niña judía, por el actuar del profeta Eliseo y la consecuente sanidad de su lepra (lo que fue un milagro, como leemos en 2 Reyes 5). Ya sea a su pueblo o a las naciones, Dios ha hablado de muchas formas y maneras a través de los siglos, desde la creación hasta el día de hoy. Así dice Romanos 1:19 al 25, que su ser invisible se revela en lo que está hecho, la creación, y que por eso el hombre no tiene excusa. Porque cuando éste camina sobre la tierra con los ojos abiertos, y sobre todo con un corazón abierto y preparado, Dios le es revelado. Pero el hombre, en su desenfrenada ignorancia, prefiere adorar el producto (o sea la naturaleza), en vez de darle la gloria a Dios, el Creador.

Ahora: Dios redime únicamente por Jesucristo.

Los hombres en los tiempos del Antiguo Testamento aún no tenían la Biblia, y Jesucristo, el Hijo de Dios, el Ungido y Salvador, todavía estaba oculto para ellos. Y aun así, el Nuevo Testamento nos enseña que también estos hombres, en el tiempo del antiguo pacto, solamente podían alcanzar la salvación eterna por la fe en Jesucristo. ¿Cómo es eso? Es una paradoja. Es como decir que hoy invitaré a alguien a que coma ayer conmigo. Y quizás todavía agregue: “Por favor, sea puntual”. Intentemos descifrar esta aparente contradicción a través de la Palabra. Leemos e Hebreos 9:15: “Así que, por eso es mediador de un nuevo pacto, para que interviniendo muerte para la remisión de las transgresiones que había bajo el primer pacto, los llamados reciban la promesa de la herencia eterna”. El primer pacto es el antiguo pacto, la muerte de Cristo también fue para los pecados del tiempo del Antiguo Testamento. Dios habló por los profetas.

Aquellos que creyeron la Palabra de Dios por boca de los profetas fueron salvos por su fe, aunque el sacrificio perfecto aún no había sido hecho en ese tiempo. Así que la salvación era por la fe en el Salvador Jesucristo venidero, aunque, como tal, éste todavía estaba oculto para las personas. Eso nos demuestra claramente que nunca, ni en ningún lugar, el perdón de los pecados y la salvación eterna se alcanzan pasando por alto la figura de Jesucristo. El Salvador no sólo pagó con retroactividad nuestra culpa en la cruz del Gólgota, sino que también pagó la culpa de las personas que vivieron después del Gólgota. En el Gólgota se encuentran el pasado, el presente y el futuro. El Gólgota nos demuestra claramente que Dios no está atado ni al espacio ni al tiempo. Así fue posible que Jesús, en ese único momento, pagara por los pecados de todo el mundo (libre del espacio) y de toda época (libre del tiempo), y esto es para todos los que creyeron, creen y creerán en él. Algo tan increíble no lo encontrará en ningún otro lugar.

¿Es la Biblia palabra de hombre?

No, no la pudo haber inventado ningún ser humano, aunque tuviera una gran imaginación. ¡Qué miserables son las personas que sólo ven la Biblia como palabra de hombre! Se parecen a aquellos que en una fiesta, ante un enorme buffet repleto de delicias culinarias, solamente comen la decoración y beben el agua de los floreros. ¡Qué deliciosa comida se están perdiendo!

Dios habla en el Nuevo Testamento.

Así lo dice Hebreos 1:2: Dios “en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo…” Con este hablar de Dios por medio del Hijo, prácticamente comenzó el último tiempo. Porque después del hablar de Dios por los profetas en el Antiguo Testamento y por el Hijo en los tiempos postreros (hasta el reino de los mil años) ya no hay ni habrá otro discurso para los seres humanos.

Porque: Dios habla en el Hijo.

Ahora, Dios no habla solamente por el Hijo, sino en el Hijo; y ahí existe una diferencia. Hans Bruns nos muestra esta diferencia con una muy buena expresión en su traducción de Hebreos 1:1 y 2: “De muchas y variadas maneras habló Dios antes por los profetas a los padres. Pero ahora al final de los días nos habló en su Hijo”. En la traducción Elberfelder encontramos la anotación de que en el texto griego falta el artículo antes de la palabra Hijo, y que en consecuencia la forma correcta sería: “en la persona del Hijo”. Entre el hablar de Dios por los profetas y el hablar de Dios por el Hijo (o en el Hijo) existe una gran diferencia. Jesús es más que un profeta, Él es Dios mismo.

En nuestro tiempo actual neotestamentario, Dios no habla ni por profetas, ni apóstoles, ni adivinos, ni intérpretes de sueños, ni señales, sino únicamente en el Hijo, y con ello por la Palabra viva de Dios hecha carne (según Juan 1:14). Todo nos ha sido dado, todo ha sido dicho. El mensaje bíblico está culminado, el camino a Dios es conocido y muy bien descrito. La carta a los Hebreos dice que Cristo entró una vez y para siempre en el lugar santísimo y alcanzó una salvación eterna (lo podemos leer en Hebreos 9:11 y 12). Dios hoy todavía puede hablarles a las personas a través de sueños y otros sucesos, y en general utiliza esos métodos con aquellos que no tienen acceso a la Biblia. Pero siempre habla en un cien por ciento de acuerdo a la Palabra santa, no agregando ni quitando. Para nosotros, en el llamado mundo cristiano occidental, donde abundan las traducciones de la Biblia, vale lo que le fue dicho al hombre rico y que leemos en Lucas 16:31: “Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos”. Hoy lo diríamos así: “Tienen la Biblia, a ella escuchen”.

En principio, vale decir: quien quiera saber cómo piensa Dios y qué tiene para decirnos, debe encontrar sus palabras por medio de la lectura de la Biblia y la oración. Como Pablo escribe en Colosenses 2:2-4: “… a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. Y esto lo digo para que nadie os engañe con palabras persuasivas”.



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