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La Palabra Sanadora de Dios

Autor: Erich Maag

La Biblia dice en el Salmo 107:29: “Envió su palabra, y los sanó, y los libró de su ruina”. Dios envió su Palabra y, a través de ella, las personas pueden ser espiritualmente sanadas y rescatadas. La Palabra de Dios tiene el poder para cambiarnos.


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PE1511- Estudio Bíblico - La Palabra Sanadora de Dios


Hola amigos, el tema de hoy es: La palabra sanadora de Dios. En el Salmo 107:20 dice: “Envió su palabra, y los sanó, y los libró de su ruina”. Estas palabras se dirigen en primer lugar a los judíos. Pensemos primeramente en su dispersión, en cómo el Señor los ha sacado de sus tumbas (hasta llegar a la fundación del Estado de Israel), y en cómo ha de sanar en Su regreso al remanente de Israel. Pero, también nosotros podemos apropiarnos de estas palabras.

Dios envió su Palabra y, a través de ella, las personas pueden ser espiritualmente sanadas y rescatadas. Sin lugar a dudas, el Señor también nos puede sanar las enfermedades corporales. Pensemos en aquello que Él le dijo a Abraham, y que está escrito en Génesis 18:14: “¿Hay para Dios alguna cosa difícil? Al tiempo señalado volveré a ti, y según el tiempo de la vida, Sara tendrá un hijo”. Abraham y Sara experimentaron la veracidad de esta promesa. Y la respuesta del ángel Gabriel a María, en Lucas 1:37, resuena como un eco de estas palabras: “porque nada hay imposible para Dios”. La misma vivencia tuvo Elizabet, la madre de Juan el Bautista. Ella experimentó la veracidad y el poder de la Palabra de Dios en su propio cuerpo.

También nosotros, con nuestras necesidades personales, nuestras limitaciones y flaquezas, podemos apropiarnos de esta promesa. Podemos ir al Señor con todo aquello que nos preocupa. Para el Señor no existen “imposibles”. Él también quiere rescatarnos de los pozos en los cuales hemos caído. Quiere que sanemos espiritualmente y, también, que crezcamos. Quiere sanar todo daño en nuestra vida. La Palabra de Dios tiene el poder para cambiarnos.

Y la Palabra de Dios no vuelve vacía

Lo dice Isaías 55:11: “Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié”. Así como en el Salmo 107:20, en este versículo se nos dice que Dios envía su Palabra, y que la misma no volverá a Él vacía. Pero eso significa más aún: Jesucristo es la garantía de que la Palabra de Dios tiene el poder de liberar a las personas y darles vida eterna. Su Palabra es como la lluvia y la nieve, que dan agua a la tierra, y la misma ayuda para que las plantas puedan crecer. En el Cercano Oriente, durante el período de lluvia, la tierra seca y dura puede convertirse, casi de la noche a la mañana, en un campo de vegetación exuberante. De la misma manera, la Palabra de Dios produce vida eterna, logrando aquello para lo cual Dios la ha designado.

Pero, ¿quiénes son los embajadores de la Palabra de Dios?

Dios envía su Palabra y lo hace a través nuestro. No hay otro camino. Siempre fueron los creyentes, los miembros del cuerpo de Cristo, a quienes Dios utilizó para expandir su reino. En la actualidad, el Señor no necesita de visiones o sueños para construir su reino. Tampoco envía a sus ángeles para alcanzar los confines de la tierra con las buenas nuevas, sino que necesita de sus hijos. Te necesita a ti y a mí. Todos recibimos el llamado. Esto es sumamente importante: que, como hijos de Dios, concientemente nos ofrezcamos a Él. Pues Él quiere edificar Su reino a través de nosotros. Esto dice 2 Co. 5:20: “Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”.

Dios quiere edificar Su reino a través de nosotros. Esto dice 2 Co. 5:20: “Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”.

Y lo maravilloso es: El poder de la Palabra de Dios

El Salmo 107:20 nos dice que Dios envió su Palabra para sanar a las personas. ¿No es ésta una perspectiva maravillosa? Su Palabra tiene el poder de cambiar a las personas y de liberarlas de sus ataduras letales. En Jeremías 23:29, Dios dice: “¿No es mi palabra como fuego, ... y como martillo que quebranta la piedra?

Para todo aquel que tiene hambre espiritual, la oferta del mundo no tiene valor, ni tampoco ofrece ningún tipo de ayuda. Contrariamente a esto, la Palabra de Dios es penetrante y poderosa. No hay nada que pueda detener a Dios de cumplir su Palabra. Tenemos esta maravillosa promesa: que la Palabra de Dios tiene el poder de sanar el interior de una persona.

1ª Juan 3:8 dice: “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”. Podemos ver en este versículo una progresión. El hecho que su Palabra tenga el poder de sanar el interior de una persona, también significa que con ello el Señor quiere destruir las obras del diablo. Es el poder del pecado el que esclaviza a las personas.

La miseria existe en todas partes.

El pecado expande por todas partes su obra destructora, sin importarle el continente, o el país, o la cultura. En algunos esto se manifiesta por medio de la burla y la negación. También están aquellos que acarrean amargura y heridas en su corazón, o aquellos que esconden su miseria tras una máscara de indiferencia. Otros, por su parte, son amenazados por ataduras tan destructivas como el alcoholismo o la drogadicción. Por eso es tan importante que estemos atentos a las necesidades de nuestra generación, las necesidades de las personas a las cuales el Señor ha puesto en nuestro camino. La Palabra de Dios, hoy en día, tiene el mismo poder. Y el canal a través del cual Él la envía, somos nosotros.

Podemos ser: La luz del mundo

Mateo 5:14 y 15 dice así: “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa”. Jesús habla aquí acerca de los creyentes cuyas obras son tan destacadas como una ciudad edificada sobre un monte, o como una luz sobre un candelabro.

¿No es un desafío y un derecho el ser utilizados por el Señor para la expansión y culminación de su reino?

A la vez es también una advertencia para nosotros, para que tomemos en serio nuestro cometido, es decir, que seamos aquello para lo cual fuimos llamados: luz. Todas nuestras limitaciones y debilidades, no son obstáculos para el Señor. No olvidemos lo siguiente: seguir verdaderamente a Cristo no es un paseo por el bosque. Es algo que implica sacrificio. Pero el Señor le promete a aquellos que están dispuestos a seguir este camino (que aunque esté lleno de dificultades y atraviese valles oscuros) han de segar con alegría.

Así lo dice en el Salmo 126:5: “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán”. Y si esto no ocurre aquí en la Tierra, seguro sucederá en la gloria. Amén.




 
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